¿Qué canción estás escuchando?

Hace algún tiempo me topé con un video en youtube en el que alguien se tomaba la molestia de preguntar a los transeúntes qué música escuchaban. La idea me pareció increíble porque, de una manera casi orgánica, se puede estudiar los hábitos y gustos musicales de los habitantes de una ciudad.

Nueva York, Berlín y Bydgoszcz son algunas de las ciudades que han compartido a través de estos peculiares videos las canciones que suenan en sus ipods. En pocos minutos, el espectador se inmiscuye en la vida de cientos de personas que danzan por las calles, apresurados, desprevenidos y hasta asustados. Desde Pink Floyd hasta One Direction; hay para todos los gustos.

Es inevitable fantasear con el hecho de que en nuestra caótica Caracas alguien emulara esta propuesta. La cuestión es que grabar un video así dejaría en evidencia el daño nefasto que han dejado algunos ritmos “urbanos” en nuestros conciudadanos. Y creo que ya pasamos bastante pena en el resto del mundo para venir a echarnos esa lavativa encima.

Por aquí comparto los tres videos. Ahora, la pregunta del millón de dólares: ¿qué canción estás escuchando ahorita? (Mi respuesta al final del post) ;)

 

[Fotografía] Lo más preciado

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Es difícil no ponerse emotivo cuando uno se tropieza con un trabajo como el de Gabriele Galimberti. Este fotógrafo italiano se dio a la tarea de viajar durante 18 meses a diversas partes del mundo para retratar los juguetes más preciados de los niños.

La simpleza con la que captura a esos pequeñines es admirable. Cada uno de ellos se enfrenta al lente de forma desafiante, y nos dice a nosotros, los que miramos, “esto soy yo”. Los que tienen poco, los que tienen mucho y los que no tienen nada; todos son iguales y quieren jugar.

Esta maravillosa serie fotográfica -que bien podría tomarse como un especie de trabajo antropológico- lleva por nombre Toy Stories.

Pueden ver más del trabajo de Galimberti por aquí.

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El horror de lo kitsch

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Recuerdo que cuando estudié Comunicación Social, me tocó un profesor cubano en la materia de Redacción IV. El tipo era implacable, nadie le pasaba ninguna prueba, pero era evidente que el hombre dominaba impecablemente el castellano. Como era de esperarse, todo el mundo le tenía arrechera idea. A mí honestamente me daba igual, aunque debo admitir que me tuve que fajar más de lo usual en sus exámenes.

Un día, este profesor nos habló de lo kitsch y lo camp, dos conceptos con los que no estaba familiarizada. Luego descubrí que, a pesar de no tenerlos claros en mi cerebro, sí sabía a qué se referían. Basta con pensar en la casa de esa tía solterona que todos tenemos, que colecciona figurines y embute las estanterías con piecitas doradas llenas de incrustaciones de vidrio y se viste estrambóticamente. Ahí estaba lo kitsch y lo camp, camuflado entre el mal gusto y la exageración.

Paseando por internet conseguí la obra de Jessica Harrison, una británica que tomó esas clásicas figuras de cerámica -que todavía es posible conseguir en algunas salas familiares- y las convirtió en algo más cercano al gore. Los vestidos victorianos sobrevivieron a las mutilaciones y ahora lucen menos pasteles y más cruentos. La sangre le robó el protagonismo a la inocencia. El horror, que también es kitsch, se apoderó de sus pequeños cuerpos.

Para ver más del interesante trabajo de Harrison, pueden visitar su página web por aquí.

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[Video] Contracciones for dummies

Después de nueve meses, llega ese momento. Podría ser algunas semanas antes, pero digamos que todo salió de acuerdo a lo planificado. Estás haciendo cualquier cosa y ¡bam!, te llega un dolor que te anuncia lo inaplazable. Esto le sucede a diario a cientos de miles de mujeres. Pero si eres hombre, solo puedes ver el “milagro” de la vida de lejos. Sentadito en primera fila, si eres un padre responsable, pero no más.

Unos panas alemanes se tomaron la molestia de experimentar -más o menos- el dolor de las contracciones de parto. A través de generador de electricidad, una especialista recreó por dos horas el proceso de dar a luz. Luego de ver este video,  te aseguro que vas a querer muchísimo más a tu madre y a todas las mujeres del mundo.

La fiesta

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Así es como comienza: se conocen en un sitio lleno de gente. Ella no se atreve a verte demasiado, sin embargo pasea sus ojos torpemente por tu mesa, como quien busca a alguien que no consigue. Ella sabe cómo te llamas, te ha visto. Sabe lo que haces y cómo lo haces. Simula abrir su pequeño bolso cuadrado y el broche dorado que cuelga en uno de sus extremos cae y se parte en pedazos. Su cara se opaca y se llena de angustia; todo el mundo la ve, y por primera vez, tú también. Su cabello roza sus piernas mientras se inclina bajo la mesa a buscar uno de los extractos perdidos de la brillante baratija que hace unos segundos colgaba de su cartera. Tú intentas mantener la conversación con la rubia que te acompaña, pero no puedes evitar voltear a ver cómo sus piernas se arquean sobre el piso y se estrellan contra el mármol frío.

Todo eso no duró más de dos minutos. Ella se incorporó rápidamente, peinó su flequillo hacia un lado, estiró su blusa blanca y salió del salón. Pudo haber pasado desapercibido para el resto de la fiesta, pero para ti no. El dj, de repente, puso una canción conocida, uno de esos temas que todo el mundo baila, y la rubia tomó tu mano y te dijo vamos. Y tú la seguiste porque no sabías qué más hacer. Luego de dos meses saliendo con ella, resultó ser buena compañía pero nada más. Sus conversaciones estaban llenas de silencios, de equivocaciones, de defectos. Ella era y no era. En realidad tú sabías que nunca hubo oportunidad de que lo fuere.

Debido al calor que levantó esa manada de cuerpos danzantes, tu acompañante te pidió una copa de vino. Si consigues champagne, mejor, dijo ella. Y tú te esmerarías en buscar lo solicitado con tal de alejarte de aquel claustro sofocante.

La barra estaba vacía. El barman se encontraba a unos pocos metros, sentado en una esquina, fumando un cigarro. Parecía estar absorto ante tanta inmensidad. Las estrellas lucían descomunales, la noche arropaba todo cuando su campo visual le permitía ver. Tuviste el impulso de llamarlo y pedir la copa de champagne, pero había algo en esa escena que te parecía demasiado encantadora como para disolverla.

Te colaste por la parte de atrás de la barra y tomaste una botella de whiskey y un vaso con hielo. Esquivaste milagrosamente a la anfitriona quien venía con tentempiés para los invitados y seguiste hacia la cocina. Y allí la conseguiste a ella, tratando de remendar algo que estaba muy roto como para ser reparado. Con su blusa blanca y su cabello castaño cayéndole en la frente; con el descuido de quien se concentra en una cosa y nada más. Te molesta si te hago compañía, preguntaste. El tope de granito sostenía una copa con un resto de vino tinto. El borde guardaba la cicatriz de su boca, roja, húmeda, nerviosa.

Ella volvió sus ojos hacia donde estabas. No, te dijo. Apenas alcanzó para pronunciar un monosílabo seco y asustado. Así estuvieron minutos, tal vez horas. Ella dejó las piezas del broche a un lado y tomó el último sorbo de la copa. Tú sonreíste y le preguntaste qué hacía allí. Ella respondió que su hermana le había rogado que la acompañara a esta fiesta pero que no conocía a nadie.

Ahora sí, dijiste tú.

 

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