[Fotografía] Lo más preciado

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Es difícil no ponerse emotivo cuando uno se tropieza con un trabajo como el de Gabriele Galimberti. Este fotógrafo italiano se dio a la tarea de viajar durante 18 meses a diversas partes del mundo para retratar los juguetes más preciados de los niños.

La simpleza con la que captura a esos pequeñines es admirable. Cada uno de ellos se enfrenta al lente de forma desafiante, y nos dice a nosotros, los que miramos, “esto soy yo”. Los que tienen poco, los que tienen mucho y los que no tienen nada; todos son iguales y quieren jugar.

Esta maravillosa serie fotográfica -que bien podría tomarse como un especie de trabajo antropológico- lleva por nombre Toy Stories.

Pueden ver más del trabajo de Galimberti por aquí.

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La guerra que nunca ganamos


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Sé que va a sonar raro, pero la muerte es algo a lo que ya estoy acostumbrada. Es una afirmación que suena pedante y exagerada -y probablemente lo sea- pero he tenido que separarme de mucha gente a la que quiero desde muy pequeña.

La primera muerte cercana que recuerdo fue la de la hermana de mi papá. Mientras los adultos entraban y salían de su habitación, mis primos y yo permanecíamos enclaustrados en un especie de saloncito caluroso y seco, inundado de tonalidades marrones y ocres; un espacio que parecía tragarte y digerirte al instante. Allí no había juegos, no había televisión, no había comida. Apenas unos pocos ejemplares de Selecciones arrumados en un estante y una que otra figurita de cerámica enmendada con crazy glue. Tenía 3 años. Mi tía reposaba en una cama y tenía un tapabocas. Al poco tiempo me dijeron que había muerto, pero yo nunca lo noté. Pensé que se trataba de un viaje y que me la conseguiría en la próxima fiesta familiar. Evidentemente nunca pasó.

En 1990, el papá de mis hermanas también murió. El cáncer lo fue consumiendo hasta que quedó reducido a huesos. Recuerdo que las acompañé a donar sangre. Una de ellas se desmayó y descubrió que no podía donar sangre en adelante. Algunas semanas después, aquel señor que no llegaba a sesenta años, espiró por última vez y se entregó a la idea sensata de no sufrir más.

En 1994, viví en carne propia esa experiencia con mi padre. Luego de varios años de resistir un cáncer de próstata, las células malignas atravesaron todo cuanto podían. Su piel, sus huesos, su alma. Lucía cansado y plagado de un dolor inmenso. Sus ojos, que eran iguales a los míos, gritaban que ya, que él no era tan valiente para soportar. Y mientras lo observaba en silencio, mientras tomaba su mano o le daba de comer, yo sabía que su mirada ya no me veía; y allí empezó mi miedo. Se fue yendo, me fue dejando poco a poco. La verdad es que me rompió el corazón. Y un 19 de septiembre, escuché el grito malcriado de mi madre que le decía que debía respirar, mientras golpeaba su pecho para hacer andar de nuevo su corazón; pero ese músculo ya había hecho cuanto podía y quería descansar. No lloré allí. Creo que no entendía lo que estaba pasando. No sabía que la pastilla de las seis se quedaría en el blister para siempre. En el funeral, salí de mi estado catatónico cuando vi que venían a buscar el féretro para llevárselo. Allí lloré como nunca había llorado y como nunca he vuelto a llorar.

Siempre he creído que una parte de mi alma se fue con él. Y cuando me dicen que tengo una mirada triste, sospecho que es porque no quedó nada ahí adentro. Ni siquiera mis lágrimas son tan saladas como antes.

Y así como se fue mi padre, también lo hicieron mis dos abuelos y tres tíos. Todos en un lapso de diez años. Mucha ropa negra y consomés de funeraria. Muchos abrazos repetidos y sonrisas a medias. Miles de frases cliché y miradas cliché; conversaciones en piloto automático, suspiros programados. No hay nada que infle más el pecho de honor que el dolor digno, contenido. Es una bandera en la que se exhibe la cara más bonita del ego. Es la insignia de guerra que llevamos con orgullo en todas nuestras batallas, aunque sepamos que no estamos ganando ninguna. 

Yo he perdido y seguiré perdiendo. De la misma forma que tú lo harás. La muerte no se conjuga ni en pasado ni en futuro. Es un presente que nos pisa los talones continuamente.

La sal sanadora de Motoi Yamamoto

Transformar el dolor en un objeto de arte es algo difícil. Es superar nuestra propia humanidad para tratar de convertirnos en seres con un sólo propósito: crear algo que nunca muera.

Motoi Yamamoto, artista originario de Hiroshima, Japón, hace instalaciones de sal. Desde impresionantes patrones geométricos que parecen haber sido calcados a la perfección, hasta paisajismos abstractos que recuerdan a la bruma del mar en movimiento.

Inicialmente, Motoi realizaba pinturas tradicionales, pero cuando en 1994 su hermana murió a causa de un tumor cerebral, el desconsuelo lo hizo replantear su arte. La dualidad vida/muerte, de repente, despertó en él esa ansiedad por plasmar con sencillez y complejidad lo que representa vivir y morir.

En Japón se utiliza la sal para rituales de purificación y es considerada un elemento muy poderoso. Allí Yamamoto consiguió a su aliado perfecto. La sal sería su catalizador, su herramienta y su medio.

El trabajo sutil y  fino de este japonés nos recuerda que en la fragilidad está también la fortaleza. El video es realmente impresionante. Disfrútenlo.

Sorry I haven’t posted!

Cuando comenzamos a escribir un blog, muchas veces no sabemos cuánto tiempo nos dedicaremos a mantenerlo actualizado. El trabajo, la familia, la fiesta o el país siempre serán excusas perfectas para decir: “nah, mejor escribo otro día. Hoy no”. Y en ese cuento podemos pasar días, semanas, meses. En mi caso, fueron cinco meses. ¿Qué hice en ese intervalo?  Nada demasiado importante, pero lo cierto es que no tuve tiempo para escribir aquí. O no me dio la gana, quién sabe.

Cuando tomé la decisión de retomar este espacio, recordé algo que compartió conmigo Gustavo Guerrero hace unos meses. Se trata de un blog que recopila las publicaciones en las que el autor pide disculpas por no haber escrito/bloggeado.

El blog que reúne estos mensajes de excusas y justificaciones es  “Sorry I Haven’t Posted”, y la curaduría de los mensajes está en manos de Cory Arcangel, un pana un poco extraño que además canta, hace videos y escribe.

Imaginen a cientos de personas dándose golpes de pecho porque no han publicado nada. En la mayoría de los casos, nuestras bitácoras personales no aportan gran cosa a la humanidad, pero nos esmeramos en creer que sí, que hay uno o dos lectores que extrañan nuestros escritos. Y es allí cuando decidimos reivindicarnos con esa audiencia -muchas veces imaginaria- y nos enfocamos en describir minuciosamente cada una de las tragedias que nos impidieron continuar con nuestra tarea digital.

Lo que quería dejar claro con esta publicación es que siempre vale la pena volver a hacer las cosas que nos gustan. Así que dejemos de buscar excusas baratas. Si tenemos las ganas, busquemos el tiempo.

#Video I’m as mad as hell and I’m not going to take this anymore!

A veces uno entiende las cosas mucho después de que pasan. Sí, ya sé. Esa frase es súper ambigua (y un poco Paulo Coelho). Les cuento más: En 1976, Sidney Lumet dirigió la película Network, un filme que revela la cara más oscura de los medios de comunicación, particularmente la televisión. En una escena majestuosa, Peter Finch se lanza un monólogo que luego se convertiría en uno de los discursos más reconocidos en la historia del cine.

Aaron Lemming -un pana del que no aparece mucho en google- decidió tomar el audio de esa escena y construir un video tipográfico. Es increíble que aún siga estando vigente cada una de las reflexiones que allí se plantean. Me sentí identificada porque la gente de Venezuela está en un limbo parecido al planteado por este personaje.  A veces, lo único que se necesita es arrecharse. Dejar de tolerar las injusticias y los abusos. Hacer en lugar de pensar. Decir: ¡Estoy harto y no me voy a calar más esto!

Aquí les dejo el video de Lemming (y más abajo el video de la escena)

 

#Infografia ¿Por qué la gente odia su trabajo?

¿Que odias tu trabajo? Bienvenido al club.

Todos, al menos una vez en la vida hemos tenido esa sensación desagradable de estar en un ambiente laboral que no nos motiva, y que por el contrario, nos hace miserables. Esta mini-infografía habla de las principales frustraciones que pueden invadirnos en nuestro puesto de trabajo. Nunca está demás echarle un ojito; esto nos ayudará a darnos cuenta que no somos los únicos que nos hemos sentido atrapados en un trabajo que odiamos.

 
Employee Engagement on Social Media