El horror de lo kitsch

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Recuerdo que cuando estudié Comunicación Social, me tocó un profesor cubano en la materia de Redacción IV. El tipo era implacable, nadie le pasaba ninguna prueba, pero era evidente que el hombre dominaba impecablemente el castellano. Como era de esperarse, todo el mundo le tenía arrechera idea. A mí honestamente me daba igual, aunque debo admitir que me tuve que fajar más de lo usual en sus exámenes.

Un día, este profesor nos habló de lo kitsch y lo camp, dos conceptos con los que no estaba familiarizada. Luego descubrí que, a pesar de no tenerlos claros en mi cerebro, sí sabía a qué se referían. Basta con pensar en la casa de esa tía solterona que todos tenemos, que colecciona figurines y embute las estanterías con piecitas doradas llenas de incrustaciones de vidrio y se viste estrambóticamente. Ahí estaba lo kitsch y lo camp, camuflado entre el mal gusto y la exageración.

Paseando por internet conseguí la obra de Jessica Harrison, una británica que tomó esas clásicas figuras de cerámica -que todavía es posible conseguir en algunas salas familiares- y las convirtió en algo más cercano al gore. Los vestidos victorianos sobrevivieron a las mutilaciones y ahora lucen menos pasteles y más cruentos. La sangre le robó el protagonismo a la inocencia. El horror, que también es kitsch, se apoderó de sus pequeños cuerpos.

Para ver más del interesante trabajo de Harrison, pueden visitar su página web por aquí.

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La guerra que nunca ganamos


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Sé que va a sonar raro, pero la muerte es algo a lo que ya estoy acostumbrada. Es una afirmación que suena pedante y exagerada -y probablemente lo sea- pero he tenido que separarme de mucha gente a la que quiero desde muy pequeña.

La primera muerte cercana que recuerdo fue la de la hermana de mi papá. Mientras los adultos entraban y salían de su habitación, mis primos y yo permanecíamos enclaustrados en un especie de saloncito caluroso y seco, inundado de tonalidades marrones y ocres; un espacio que parecía tragarte y digerirte al instante. Allí no había juegos, no había televisión, no había comida. Apenas unos pocos ejemplares de Selecciones arrumados en un estante y una que otra figurita de cerámica enmendada con crazy glue. Tenía 3 años. Mi tía reposaba en una cama y tenía un tapabocas. Al poco tiempo me dijeron que había muerto, pero yo nunca lo noté. Pensé que se trataba de un viaje y que me la conseguiría en la próxima fiesta familiar. Evidentemente nunca pasó.

En 1990, el papá de mis hermanas también murió. El cáncer lo fue consumiendo hasta que quedó reducido a huesos. Recuerdo que las acompañé a donar sangre. Una de ellas se desmayó y descubrió que no podía donar sangre en adelante. Algunas semanas después, aquel señor que no llegaba a sesenta años, espiró por última vez y se entregó a la idea sensata de no sufrir más.

En 1994, viví en carne propia esa experiencia con mi padre. Luego de varios años de resistir un cáncer de próstata, las células malignas atravesaron todo cuanto podían. Su piel, sus huesos, su alma. Lucía cansado y plagado de un dolor inmenso. Sus ojos, que eran iguales a los míos, gritaban que ya, que él no era tan valiente para soportar. Y mientras lo observaba en silencio, mientras tomaba su mano o le daba de comer, yo sabía que su mirada ya no me veía; y allí empezó mi miedo. Se fue yendo, me fue dejando poco a poco. La verdad es que me rompió el corazón. Y un 19 de septiembre, escuché el grito malcriado de mi madre que le decía que debía respirar, mientras golpeaba su pecho para hacer andar de nuevo su corazón; pero ese músculo ya había hecho cuanto podía y quería descansar. No lloré allí. Creo que no entendía lo que estaba pasando. No sabía que la pastilla de las seis se quedaría en el blister para siempre. En el funeral, salí de mi estado catatónico cuando vi que venían a buscar el féretro para llevárselo. Allí lloré como nunca había llorado y como nunca he vuelto a llorar.

Siempre he creído que una parte de mi alma se fue con él. Y cuando me dicen que tengo una mirada triste, sospecho que es porque no quedó nada ahí adentro. Ni siquiera mis lágrimas son tan saladas como antes.

Y así como se fue mi padre, también lo hicieron mis dos abuelos y tres tíos. Todos en un lapso de diez años. Mucha ropa negra y consomés de funeraria. Muchos abrazos repetidos y sonrisas a medias. Miles de frases cliché y miradas cliché; conversaciones en piloto automático, suspiros programados. No hay nada que infle más el pecho de honor que el dolor digno, contenido. Es una bandera en la que se exhibe la cara más bonita del ego. Es la insignia de guerra que llevamos con orgullo en todas nuestras batallas, aunque sepamos que no estamos ganando ninguna. 

Yo he perdido y seguiré perdiendo. De la misma forma que tú lo harás. La muerte no se conjuga ni en pasado ni en futuro. Es un presente que nos pisa los talones continuamente.

La sal sanadora de Motoi Yamamoto

Transformar el dolor en un objeto de arte es algo difícil. Es superar nuestra propia humanidad para tratar de convertirnos en seres con un sólo propósito: crear algo que nunca muera.

Motoi Yamamoto, artista originario de Hiroshima, Japón, hace instalaciones de sal. Desde impresionantes patrones geométricos que parecen haber sido calcados a la perfección, hasta paisajismos abstractos que recuerdan a la bruma del mar en movimiento.

Inicialmente, Motoi realizaba pinturas tradicionales, pero cuando en 1994 su hermana murió a causa de un tumor cerebral, el desconsuelo lo hizo replantear su arte. La dualidad vida/muerte, de repente, despertó en él esa ansiedad por plasmar con sencillez y complejidad lo que representa vivir y morir.

En Japón se utiliza la sal para rituales de purificación y es considerada un elemento muy poderoso. Allí Yamamoto consiguió a su aliado perfecto. La sal sería su catalizador, su herramienta y su medio.

El trabajo sutil y  fino de este japonés nos recuerda que en la fragilidad está también la fortaleza. El video es realmente impresionante. Disfrútenlo.

#FuckedUp 10 formas de cubrir un asesinato

Lo primero que quiero aclarar es que siempre he sido fanática entregada de los asesinos en serie. Ojo, no de lo que hacen, sino de su meticulosidad y de sus motivaciones. Así que cuando me tropecé con esta infografía en la web, decidí compartirla. No porque quiero que lo pongan en práctica (suficiente con la violencia que ya reina en el mundo), sino porque me parecen interesantes los datos expuestos. Algunos son bastante obvios…otros son más bien raros.

Disfruten o capaz no de esta infografía y si conocen a alguien que se tripee el tema, compártanla. 🙂

10 Ways To Cover Up A Murder
From:

#Video: Cloud Nothings – No Future / No Past

Hoy salió a la venta el nuevo disco de Cloud Nothings, y con él, un video impresionantemente raro. La dirección estuvo a cargo de John Ryan Manning y fue coproducido por la tienda de ropa hipster Urban Outfitters.

Visualmente es increíble y el desenlace…bueno…súper extraño. Les recomiendo que lean aquí cómo se realizó el video. Nada, denle play y avísenme si les gustó/aburrió/impactó.