Un maní a través del tiempo

La salsa es una mezcla. Una identidad. Una forma de vida. Es un ritmo invasivo que sugiere sensualidad y provocación. En Caracas, la palabra salsa se transforma en una invitación a un lugar oscuro, caluroso y lleno de cuerpos danzantes: El Maní es Así



Para bailar salsa el único requisito es tener sangre en las venas. El sonido de la clave dirige sutilmente los latidos del corazón, y de repente, te encuentras moviendo tus hombros, piernas y caderas. Y eso es todo. Eso es lo que hace falta. Lo demás, como dicen, es trabajo de carpintería.

Cuando escuché la salsa por primera vez contaba con apenas cuatro o cinco años. Mi hermano tenía un acetato de título Canciones del solar de los aburridos, y cada vez que llegaba de su trabajo se sentaba a escucharlo en la sala de la casa. Ahí fue cuando conocí a Willie Colón y a Rubén Blades. Ellos, sin quererlo, se convirtieron en la banda sonora de mi niñez.

Ya más grandecita, cuando comencé a agarrarle el gusto al baile, descubrí a El Maní es Así: lugar dónde se reúnen los fanáticos más acérrimos de la salsa. El contoneo casi pecaminoso asusta al que lo visita por primera vez, pero ineludiblemente lo incita a moverse en una danza sensual, junto al resto de los lugareños. Y así el baile se convierte en una conversación que ocurre de cuerpo a cuerpo, y que pocas veces es tan evidente y tan carnal.

El Maní –como muchos lo conocen- tiene 23 años poniendo a sudar a todo el mundo. Yo ya llevo al menos diez visitándolo y debo confesar que cada noche encierra una aventura diferente. Más allá de los músicos que arman el guateque, son sus asiduos visitantes quienes le dan sabor y vida a la pista de baile. He tenido la oportunidad de ver a punketos, rockeros y ravers moverse frenéticamente al ritmo de Ismael Rivera, con una habilidad que los avergonzaría en frente de sus amigos.

En muchas ocasiones me han sucedido cosas muy simpáticas en ese botiquín salsero. He perdido zarcillos más de una vez debido a mi explosiva formar de bailar. He “extraviado” amigos que extrañamente aparecen al día siguiente diciendo que han tenido la mejor noche de sus vidas. Me he reencontrado con compañeras de cuarto grado mientras veo cómo vomitan en el baño, y hasta he echado un pie con una que otra celebridad. Allí todo es posible. La meta es pasar un rato divertido, mientras se escucha un son montuno, una plena o una guaracha de fondo.

Bajo ese techo y dentro de esas cuatro paredes, las voces más prodigiosas de la salsa entonaron canciones clásicas como Vámonos pa’l monte y Usted abusó, mientras que la multitud caraqueña se contoneaba, alucinada, en un trance musical lleno de colores brillantes y enormes melenas exudantes de perfume barato. Todo aquello fue un coctel de risas y frases demodé que embriagó a una generación completa.

A veces pienso que mi afición a El Maní se debe a que al entrar me traslado instantáneamente al pasado. Escucho canciones que me recuerdan a primitos jugando al escondite, tías (pasadas de tragos) bailando solas, abuelas recordando cómo antes todo era mejor y ropas ochentosas que todo el mundo niega haber usado. En pocas palabras: nostalgia de la buena. Y me río, porque aunque nadie lo sepa, yo viajo en una máquina del tiempo cada vez que paso la puerta de ese local, que puede no ser el que está de moda, pero nunca deja de sorprenderme cuando lo visito.


* Artículo publicado en la séptima edición de Revista OJO

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