La fiesta

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Así es como comienza: se conocen en un sitio lleno de gente. Ella no se atreve a verte demasiado, sin embargo pasea sus ojos torpemente por tu mesa, como quien busca a alguien que no consigue. Ella sabe cómo te llamas, te ha visto. Sabe lo que haces y cómo lo haces. Simula abrir su pequeño bolso cuadrado y el broche dorado que cuelga en uno de sus extremos cae y se parte en pedazos. Su cara se opaca y se llena de angustia; todo el mundo la ve, y por primera vez, tú también. Su cabello roza sus piernas mientras se inclina bajo la mesa a buscar uno de los extractos perdidos de la brillante baratija que hace unos segundos colgaba de su cartera. Tú intentas mantener la conversación con la rubia que te acompaña, pero no puedes evitar voltear a ver cómo sus piernas se arquean sobre el piso y se estrellan contra el mármol frío.

Todo eso no duró más de dos minutos. Ella se incorporó rápidamente, peinó su flequillo hacia un lado, estiró su blusa blanca y salió del salón. Pudo haber pasado desapercibido para el resto de la fiesta, pero para ti no. El dj, de repente, puso una canción conocida, uno de esos temas que todo el mundo baila, y la rubia tomó tu mano y te dijo vamos. Y tú la seguiste porque no sabías qué más hacer. Luego de dos meses saliendo con ella, resultó ser buena compañía pero nada más. Sus conversaciones estaban llenas de silencios, de equivocaciones, de defectos. Ella era y no era. En realidad tú sabías que nunca hubo oportunidad de que lo fuere.

Debido al calor que levantó esa manada de cuerpos danzantes, tu acompañante te pidió una copa de vino. Si consigues champagne, mejor, dijo ella. Y tú te esmerarías en buscar lo solicitado con tal de alejarte de aquel claustro sofocante.

La barra estaba vacía. El barman se encontraba a unos pocos metros, sentado en una esquina, fumando un cigarro. Parecía estar absorto ante tanta inmensidad. Las estrellas lucían descomunales, la noche arropaba todo cuando su campo visual le permitía ver. Tuviste el impulso de llamarlo y pedir la copa de champagne, pero había algo en esa escena que te parecía demasiado encantadora como para disolverla.

Te colaste por la parte de atrás de la barra y tomaste una botella de whiskey y un vaso con hielo. Esquivaste milagrosamente a la anfitriona quien venía con tentempiés para los invitados y seguiste hacia la cocina. Y allí la conseguiste a ella, tratando de remendar algo que estaba muy roto como para ser reparado. Con su blusa blanca y su cabello castaño cayéndole en la frente; con el descuido de quien se concentra en una cosa y nada más. Te molesta si te hago compañía, preguntaste. El tope de granito sostenía una copa con un resto de vino tinto. El borde guardaba la cicatriz de su boca, roja, húmeda, nerviosa.

Ella volvió sus ojos hacia donde estabas. No, te dijo. Apenas alcanzó para pronunciar un monosílabo seco y asustado. Así estuvieron minutos, tal vez horas. Ella dejó las piezas del broche a un lado y tomó el último sorbo de la copa. Tú sonreíste y le preguntaste qué hacía allí. Ella respondió que su hermana le había rogado que la acompañara a esta fiesta pero que no conocía a nadie.

Ahora sí, dijiste tú.

 

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